Capítulo 2: Decencia y proteinas

Aunque uno haya tratado con mucha gente en su vida, el ser humano no deja nunca de darle sorpresas. Tal como se presentaban al principio las cosas, ya me había hecho a la idea de que sería un sujeto algo difícil o, por lo menos, alguien a quien me costaría poner un poco en la sintonía necesaria para poder trabajar con él.

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Se puso en contacto conmigo a través de Instagram. Me dijo quién le enviaba. Llegamos a un acuerdo. La comunicación fue en todo momento muy lacónica, casi militar. Mire su perfil y vi que era un culturista al que, fotograficamente hablando, nadie había sabido sacarle demasiado partido.

He aquí, Paco, un trabajo para ti.

Vino luego el problema de fijar una hora y un día para la sesión de fotos. Él me advirtió, casi severamente, que solo tenía tiempo los fines de semana, yo le tranquilicé diciendo que querer es poder y que encontraríamos la manera. Así fue, en efecto.

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Le mandé un correo, como siempre hago, con una serie de instrucciones preliminares.En todo momento, él se mostraba algo receloso 8sin razón pero eso él, claro, no lo podía saber) y yo me esforzaba en tranquilizarle.

Llegó el día. Un día de finales de verano, muy caluroso. Al llegar la hora prevista, me llamó para decirme que „perdone usted, pero creo que he tomado el autobús en la dirección equivocada“. Yo le pregunté que dónde estaba. La cosa se resolvió fácilmente.

Apareció al final solo con diez minutos de retraso. A pesar de lo cual se disculpó varias veces y usted por aquí y usted por allá, y yo que por favor de tú, pero a él se le escapaba el usted de todas maneras.

Tras las presentaciones, me explicó con un alemán prácticamente perfecto (mucho mejor que el mío, en cualquier caso) que llevaba cuatro años en Austria y que estaba haciendo una formación profesional en automoción.

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Mientras lo cuenta, observo que lo que yo había tomado por rigidez es en realidad una voluntad constante de ser fiable, de conocer bien las situaciones para dar la mejor respuesta posible a los problemas. Por la actitud, podría ser alemán,del norte.

Me explica que ha llegado un pco tarde porque un amigo le ha pedido que esté en la inauguración de una tienda de productos para culturistas (proteínas y cosas así). Se disculpa (otra vez) porque la sesión de fotos tenga que hacerse con una cierta celeridad. Luego, casi en posición de firmes, aguarda instrucciones.

Le pido que me enseñe la ropa que ha traido. Elegimos lo que mejor le va y, pronto, compruebo que tiene gran instinto para posar, que sabe utilizar los ojos (que son la herramienta fundamental de trabajo de un modelo) y que, salvo cierta falta de fluidez, por lo demás típica de los principiantes, en cuanto se relaja el trabajo es rápido, eficaz y, como a mí me gusta, casi totalmente silencioso.

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Como en el estudio hace tanto calor, se alegra mucho de que pasemos a las fotos a pecho descubierto.

Se nota, además, que se siente más seguro; su cuerpo es, de alguna manera, un reflejo muy fiel de su manera de ser. También es fiable, controlado, proporcionado, trabajado con esmero, sin la exageración de otros culturistas para quienes un bíceps nunca es demasiado grande.

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En una pausa hablamos de Afganistán, de los talibanes y de su dañina presencia y de sus falsas promesas, del mosaico étnico de su región natal.

Me dice que echa de menos su país, que le duele la imposibilidad de volver (por lo menos la imposibilidad actual) y me dice que está agradecido a Austria y a Europa. En su discurso aparece varias veces la palabra libertad, dicha con la reverencia de quien sabe lo que significa carecer de ella. Supongo que este hombre joven y decidido piensa que, con la dosis suficiente de esfuerzo, si se dan las condiciones adecuadas, uno puede hacer lo que se proponga.

Cuando terminamos de hacer las fotos, le acompaño a la parada del autobús. Por el camino, ya liberado de la (injustificada) prevención inicial, me explica que su jefe está muy contento con él (yo también lo estaría si fuera su jefe, porque se le ve un hambre de aprender que no es corriente).

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Cuando nos despedimos, todas las resistencias han caido. Me estrecha la mano con calidez.

Yo pienso que las personas decentes siempre acabamos entendiéndonos.

Próximo capítulo: Un cadáver atrapado

Modelo: Masih_Health

Foto: Fotobernalvienna (Instagram: Fotobernalvienna)

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