Capítulo 3: Un cadáver atrapado

Antes de disparar la primera foto, el fotógrafo tiene qe recorrer un camino que es muy difícil de traducir a palabras y que tiene un poco del antiguo arte de captar en el aire augurios y presagios invisibles.

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El fotógrafo, es parte del oficio, se encuentra frecuentemente ante el reto de vaciarse para que le llene la esencia de la persona que tiene delante.

Este trabajo, hecho desde una dimensión espiritual, dimensión que contrasta fuertemente con la dimensión material, mecánica, de la cámara, es a veces fácil, a veces muy difícil. A veces, agradable. A veces, no tanto.

No recuerdo las circunstancias en las que nos conocimos, solo que esta no es nuestra primera sesión. Esto viene a significar dos cosas : en primer lugar, que no son necesarias demasiadas explicaciones. En segundo lugar, que la primera sesión fue agradable. Me gusta repetir con gente con la que me lo paso bien.

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Nuestra cita es en una mañana soleada, aunque algo fría y desapacible. Cuando llega él, al volante de su coche, yo ya le estoy esperando. Aparca, me acerco y empieza a descargar cosas del maletero. Una bolsa de deporte grande y un espejo de cuerpo entero, con pie. El coche está muy límpio y emana, como su dueño, un agradable aire de austeridad, de masculinidad sin jactancia. A su lado, uno experimenta una agradable sensación de seguridad. Nada malo puede pasar. Todo está bajo control.

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Nos estrechamos la mano y me ofrezco a ayudarle. Cargo con la bolsa, él lleva el espejo –no quiero arriesgarme a pasar siete años de mala suerte-.

La conversación es educada pero agradablemente impersonal. Para él, posar para mí es un paréntesis en su rutina diaria y está claro que disfruta, como disfruto yo, de este espacio de tiempo que está aislado del resto de los territorios en los que se divide su vida. Territorios de los que yo no sé nada más que aquello que puedo intuir y que utilizo como materia prima para mi trabajo, lo mismo que él no sabe nada de quién soy yo cuando no me encuentro en una situación tan antinautural, si bien se mira, como hacerle fotos a un desconocido en ropa interior.

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Toda la preparación es una ceremonia agradablemente silenciosa. Mientras se cambia, yo estoy en otro cuarto, realizando las oportunas comprobaciones técnicas. Cuando está listo, hace un par de series de flexiones para tonificar los músculos, luego utiliza una goma elástica como fuente de resistencia. Yo calibro la luz. Poco después, empezamos a trabajar.

Pronto me doy cuenta de que hay un elemento que no estaba en la primera sesión. Algo refinado, que no es solo producto de la presencia de un espejo en la habitación. No sé qué ha podido pasar por la mente y por el corazón de esta persona para que, de pronto, sus ojos se hayan vuelto más expresivos, para que se haya abierto un canal de comunicación entre su alma y el mundo. Para que él mande y yo pueda instalarme en el papel confortable de documentar lo que él me muestra.

Es imposible saberlo pero el espacio, el piso vacío y blanco en el que trabajamos, se llena de una calidez y de una paz a la que es imposible no rendirse.

Durante una pausa, sale la cuestión de su trabajo.

Yo sé que es bombero, empleado por la ciudad. En este país solo hay bomberos profesionales en las grandes ciudades.En los municipios más pequeños los bomberos son siempre voluntarios. Hablamos de lo que nuestros trabajos tienen en común, de que tratamos con mucha gente. Siento curiosidad. Le digo que estaría muy bien acompañarle con la cámara o con una libreta, durante una jornada de trabajo. Un poco como los reporteros de las películas antiguas, que escribían con honradez lo que veían y vivían aventuras por delegación.

Quizá con la sospecha de que no lo soportaría, me cuenta que uno de sus trabajos consiste en ayudar a levantar cadáveres. Ancianos que mueren solos, por ejemplo. En su último turno, ha tenido que sacar un difunto de un retrete portátil. El muerto era un albañil, aquejado de obesidad mórbida y había muerto un viernes, probablemente de un infarto, mientras hacía sus necesidades. Nadie le echó de menos, porque todos sus compañeros ya se habían ido a casa.

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Cuando le encontraron, la naturaleza ya había empezado a hacer su trabajo y los fluidos del cuerpo inundaban, nauseabundos, el pequeño espacio. Además, el tipo estaba tan gordo y tan hinchado que hubo que sacarle cortando el retrete con una radial. Lo cuenta como si lo que más le molestara fuera el desorden, la incorrección intolerable, la falta de educación de morirse y dar tanto trabajo a otros.

Luego él me cuenta que vive solo y que tiene un gato, y que le gusta la carpintería. Y uno entiende muchas cosas.

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Modelo: Andimuldi

Foto: Fotobernalvienna (Instagram: Fotobernalvienna)

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