Capítulo 6: Dani rompe el silencio

De vez en cuando, cuando a mí me apetece experimentar algo nuevo, quedo con Dani para hacerle fotos.

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Desde aquella primera sesión, a la que se presentó cargado con dos bolsas de deporte, he sido el depositario de su entusiasmo y, como suele pasar con los amigos, también he sido depositario de algunas confidencis. Entre foto y foto, Dani y yo hemos hablado mucho. Más él que yo, las cosas como son porque Dani es ese tipo de personas que habla contigo siempre como si fuera a ser la última vez.

Sin embargo, siempre es un placer oirle contar anécdotas de su viaje como mochilero por la India y, como comparte conmigo una interminable curiosidad por el ser humano, es también interesantísimo escucharle hablar de las mil y una personas que conoce.

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Siempre al galope entre dos fechas límite, siempre sentadito en la escalera, esperando el porvenir, Dani es una persona que tiene la sabiduría de un viejo y la candidez de un niño. Mira a la cámara lo mismo que mira a las mujeres, con una mezcla desarmante de fuerza y de fragilidad que, supongo son su defensa más firme ante los desastres de la existencia.

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Aquella tarde le esperé como siempre con todo preparado y él se presentó con unos vaqueros negros más bien gastados, calzado con unas botas de trotamundos, una camiseta de algodón y una cazadora vaquera. No recuerdo qué me contó. Quizá de su último trabajo. O del alquiler. O quizá hablásemos (o hablase él, apasionadamente, como siempre) del alma, de los espíritus, de estados de conciencia alejados de la prosa de este mundo.

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Yo le escuché, como siempre, atentamente, pero simultaneando la escucha con este u otro deber técnico. Que si las luces, que si el fondo, esas cosas.

Después, como dos tenistas que están calentando, empezamos a pelotear. Al cabo de un rato de posar, se aburrió e, inquieto, empezó a preguntarse qué podía hacer. Yo, como siempre hago, me quedé en silencio, porque sabía que de ese silencio saldría algo. Y salió. Ya lo creo que salió.

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Sobre una silla de aquella habitación por lo demás vacía (así conviene que sea un estudio fotográfico) había una botella de aceite Johnson para bebés. Se quitó la camiseta y se untó el cuerpo hasta dejarlo completamente brillante. Después, buscó con los ojos. Apoyada contra una pared había una bicicleta sin la rueda delantera la cual reposaba, inútil, a poca distancia. Dani vio aquello y sonrió, y luego me preguntó si estaba preparado y yo le dije que sí y entonces, durante cinco minutos, no duró más la cosa, me dio una foto buena detrás de otra, en un estado de flujo hipnótico que era como comprobar la aparición en aquella habitación de un ser brillante y extraño, de un pájaro brillante o de un animal extremadamente elegante. Ese tipo de fotos y de felicidad creativa que solo se dan cuando alguien te saca a bailar y tú no tienes más que dejarte llevar.

Modelo: Daniel Turcan

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