Capítulo 8: el tigre vegetariano

Localicé su foto en una cuenta de Instagram y la compartí en mis Stories, y fue él el que me contactó para ver si podía posar para mí.

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Cuando recibí su mensaje, miré su perfil y le dije que sí. Pensé que sería interesante retratarle, y desde luego no me equivoqué. El proceso para llegar al estudio fue un poquito dificultoso, sin embargo. Una dificultad lógica, si bien se mira, aunque yo solo la he comprendido después de reflexionar un poco al respecto.

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Después de tanto tiempo presente en internet, sobre todo a través del blog que es el hermano mayor de esta página, yo ya estoy no solo acostumbrado a que me conozcan, sino a que la gente sepa que soy un tipo inofensivo.

Naturalmente, él no estaba en condiciones de saberlo y, hombre del siglo XXI como es, tenía ciertas sospechas de que yo lo que quería era que le comiera el tigre. Lo que él no sabía, claro, es que el tigre era vegetariano.

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Hubo un intercambio de mensajes, circunspectos al principio, en cuyo transcurso me di cuenta de que, de alguna manera, me estaban examinando. Mi seriedad, mis pretensiones, mi eventual peligrosidad.

Me preguntó cómo me reconocería, y yo le envié una foto hecha este verano, en la que se me ve sonriente en una terraza del centro de Madrid, comiéndome unas tapas (la foto la hizo mi hermano). Supongo que la afabilidad y la pose relajada de la foto terminaron de convencerle.

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También me preguntó si podía venir con alguien más, con su novia en concreto. Yo le dije que por supuesto, que sin ningún problema. Ninguno en absoluto. De hecho, no son pocas las personas que vienen a que las retrate y que se traen a un acompaöante. Es un poco como ir a la peluquería o como ir a comprarse ropa nueva. Siempre resulta relajante contar con una segunda opinión.

El día de la sesión de fotos estaba algo nervioso al principio, como si tuviera la mente en otra parte, y yo le pregunté, como siempre hago, cosas generales a propósito de su vida. Para mí, antes de empezar a retratar a una persona, resulta muy importante tratar de comprenderla, intentar saber cómo es.

Me explicó que es griego, de Atenas, y que solo estaba en Viena durante el verano. Que lo hacía todos los años. Estudiar en verano. Comercio internacional. Business. Esas cosas que hicieron a Onassis y Niarchos leyendas del comercio por mar (y un si es no es de la piratería, por qué no). Que hablaba alemán, pero que prefería hablar en inglés porque lo dominaba más y se encontraba más seguro. Ningún problema.

Cuando entramos al estudio, le mostré el espacio, le indiqué el lugar en donde podía dejar sus cosas y cambiarse de ropa durante la sesión.

Durante todo este proceso de explicación, sonó el teléfono varias veces. Resultaba curioso comprobar como él era otra persona en inglés que en griego. Todos, cuando hablamos nuestro idioma materno nos tomamos determinadas libertades. Ni el padre ni la novia se decidían a subir.

Cuando, tras algo de forcejeo dialéctico, colgó, me dijo :

-Tenemos treinta y cinco minutos.

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Yo le dije que, entonces, debíamos trabajar con eficacia (una sesión normal dura alrededor de una hora), y él se dispuso a dejarse retratar un poco como un deportista que sigue las indicaciones del entrenador o un soldado que busca adaptarse como un guante a las indicaciones del superior.

Al principio no sabía qué hacer (el problema de descubrir que uno, al final de los brazos, tiene unas manos con las que tiene que hacer algo) pero después de un par de disparos, se olvidó de que había una cámara y empezó a divertirse. Empezamos a divertirnos los dos, porque siempre es un placer fotografiar a una persona que se lo está pasando bien.

Para animarle, yo le mostraba de vez en cuando las fotos que hacíamos, lo cual aumentaba nuestra diversión, porque le daba confianza. De vez en cuando, yo traía algún chisme, de los que tengo para estos casos (una pequeöa pero muy rentable colección de atrezzo). Hacíamos un par de fotos. Se las mostraba. Si le gustaba, seguíamos. Si no, me decía : « no, I don´t like it ». Pronto me di cuenta de que poseía un extrano instinto y que, de alguna manera, yo le estaba mostrando una parte de él mismo que no conocía y que le gustaba.

-Tú crees que cuando vuelva a Grecia podré hacer esto también ? –y como si le pareciera una presunción, algo inadecuado haberse sentido así de guapo- como hobby, ya sabes.

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Yo le aconsejé que buscara fotógrafos principiantes. Cuando uno está empezando, siempre se alegra de tener un modelo gratis. Es una situación ventajosa para las dos partes, porque el que tiene oficio sabe sacar buenas fotos hasta de la persona más sosa, y un modelo con instinto, como él, puede hacer que uno fotógrafo disfrute y aprenda.

-Aunque no va a ser fácil –le dije- la mayoría de los fotógrafos solo quieren hacer mujeres.

Evaluó sus posibilidades, probablemente como Onassis cuando decidió comprar sus primeros barcos de la marina americana, prácticamente chatarra inservible. Inmediatamente vi que se había decidido.

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Cuando nos despedimos, me dio la mano calurosamente, muy agradecido. No había rastro ni de su padre ni de su novia.

Modelo: Enil

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