Capítulo 9: Nuestro hombre en La Habana

Hace algunos años, aún en vida de Fidel Castro, estuve en Cuba.

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Hice un viaje por la parte oeste de la isla. Durante los veinte días que duró, tuve tiempo de aprender a amar a aquellas personas, sumidas en las contradicciones de un comunismo que, al mismo tiempo que les condena a vivir en muchos casos al borde de la subsistencia, no ha podido terminar con un cierto arte de vivir y disfrutar de la existencia que solo puede provocar simpatía.

Durante aquel viaje, me dio tiempo incluso a escribir un libro, „Entre Virtudes y Ánimas“ se llama, el cual se publicó el año pasado (si alguno de mis lectores lo desea, que me lo diga y yo, previo pago, se lo mando).

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En mi opinión, se trata de lo mejor que he escrito, aunque solo sea porque es un texto escrito al paso de los acontecimientos, sin ningún tipo de pretensión más que la de reseñar honradamente lo que iba viendo, tratando de comprenderlo y de no juzgar demasiado.

De aquel viaje me quedó un recuerdo tan entrañable que no puedo más que extenderlo a todos los cubanos con los que me encuentro los cuales siempre resultan ser una gente estupenda y merecedora de toda la simpatía del mundo.

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Ayer, casualmente Día de la Hispanidad, estuve fotografiando a Luis (en estas páginas) un joven cubano que vive en Linz y que tuvo la amabilidad de desplazarse hasta mi estudio para esta sesión.

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Como siempre, fue un placer el escuchar de nuevo aquel acento del Caribe y comprobar lo preciso, lo cristalino y lo correcto que es el castellano de los que nacieron en aquellas tierras.

Luis llegó mucho antes de la hora que habíamos concertado. Le acompañaba su novia (austriaca) la cual asistió a nuestra sesión supongo que con curiosidad, pero en silencio. Observar a un fotógrafo en acción supongo que debe de ser algo extraño como es extraño observar el rodaje de una película y, en general, cualquier actividad artística en la que la técnica desempeñe un papel fundamental.

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En cierto modo, se trata de una cuestión de fe. El modelo, rodeado de los flashes, puesto frente al fondo, siguiendo las instrucciones del fotógrafo, se entrega en realidad a un acto de fe, porque cabe perfectamente dentro de lo posible que el fotógrafo sea también un impostor que, tras su seguridad, no tenga ni la más mínima idea de lo que está haciendo, un poco como esos farsantes que, de vez en cuando, se hacen pasar por médicos y operan a personas sin saber distinguir el bazo del tiroides.

Luis no solo fue un modelo muy obediente, sino que, cuando se relajó y se acostumbró a todos los artilugios que, necesariamente, le rodeaban, se soltó y empezó de alguna manera a disfrutar, que es la manera más segura de que las fotos queden bien.

(Continuará)

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