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Capítulo 9: Nuestro hombre en La Habana

Hace algunos años, aún en vida de Fidel Castro, estuve en Cuba.

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Hice un viaje por la parte oeste de la isla. Durante los veinte días que duró, tuve tiempo de aprender a amar a aquellas personas, sumidas en las contradicciones de un comunismo que, al mismo tiempo que les condena a vivir en muchos casos al borde de la subsistencia, no ha podido terminar con un cierto arte de vivir y disfrutar de la existencia que solo puede provocar simpatía.

Durante aquel viaje, me dio tiempo incluso a escribir un libro, „Entre Virtudes y Ánimas“ se llama, el cual se publicó el año pasado (si alguno de mis lectores lo desea, que me lo diga y yo, previo pago, se lo mando).

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En mi opinión, se trata de lo mejor que he escrito, aunque solo sea porque es un texto escrito al paso de los acontecimientos, sin ningún tipo de pretensión más que la de reseñar honradamente lo que iba viendo, tratando de comprenderlo y de no juzgar demasiado.

De aquel viaje me quedó un recuerdo tan entrañable que no puedo más que extenderlo a todos los cubanos con los que me encuentro los cuales siempre resultan ser una gente estupenda y merecedora de toda la simpatía del mundo.

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Ayer, casualmente Día de la Hispanidad, estuve fotografiando a Luis (en estas páginas) un joven cubano que vive en Linz y que tuvo la amabilidad de desplazarse hasta mi estudio para esta sesión.

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Como siempre, fue un placer el escuchar de nuevo aquel acento del Caribe y comprobar lo preciso, lo cristalino y lo correcto que es el castellano de los que nacieron en aquellas tierras.

Luis llegó mucho antes de la hora que habíamos concertado. Le acompañaba su novia (austriaca) la cual asistió a nuestra sesión supongo que con curiosidad, pero en silencio. Observar a un fotógrafo en acción supongo que debe de ser algo extraño como es extraño observar el rodaje de una película y, en general, cualquier actividad artística en la que la técnica desempeñe un papel fundamental.

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En cierto modo, se trata de una cuestión de fe. El modelo, rodeado de los flashes, puesto frente al fondo, siguiendo las instrucciones del fotógrafo, se entrega en realidad a un acto de fe, porque cabe perfectamente dentro de lo posible que el fotógrafo sea también un impostor que, tras su seguridad, no tenga ni la más mínima idea de lo que está haciendo, un poco como esos farsantes que, de vez en cuando, se hacen pasar por médicos y operan a personas sin saber distinguir el bazo del tiroides.

Luis no solo fue un modelo muy obediente, sino que, cuando se relajó y se acostumbró a todos los artilugios que, necesariamente, le rodeaban, se soltó y empezó de alguna manera a disfrutar, que es la manera más segura de que las fotos queden bien.

(Continuará)

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Capítulo 8: el tigre vegetariano

Localicé su foto en una cuenta de Instagram y la compartí en mis Stories, y fue él el que me contactó para ver si podía posar para mí.

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Cuando recibí su mensaje, miré su perfil y le dije que sí. Pensé que sería interesante retratarle, y desde luego no me equivoqué. El proceso para llegar al estudio fue un poquito dificultoso, sin embargo. Una dificultad lógica, si bien se mira, aunque yo solo la he comprendido después de reflexionar un poco al respecto.

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Después de tanto tiempo presente en internet, sobre todo a través del blog que es el hermano mayor de esta página, yo ya estoy no solo acostumbrado a que me conozcan, sino a que la gente sepa que soy un tipo inofensivo.

Naturalmente, él no estaba en condiciones de saberlo y, hombre del siglo XXI como es, tenía ciertas sospechas de que yo lo que quería era que le comiera el tigre. Lo que él no sabía, claro, es que el tigre era vegetariano.

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Hubo un intercambio de mensajes, circunspectos al principio, en cuyo transcurso me di cuenta de que, de alguna manera, me estaban examinando. Mi seriedad, mis pretensiones, mi eventual peligrosidad.

Me preguntó cómo me reconocería, y yo le envié una foto hecha este verano, en la que se me ve sonriente en una terraza del centro de Madrid, comiéndome unas tapas (la foto la hizo mi hermano). Supongo que la afabilidad y la pose relajada de la foto terminaron de convencerle.

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También me preguntó si podía venir con alguien más, con su novia en concreto. Yo le dije que por supuesto, que sin ningún problema. Ninguno en absoluto. De hecho, no son pocas las personas que vienen a que las retrate y que se traen a un acompaöante. Es un poco como ir a la peluquería o como ir a comprarse ropa nueva. Siempre resulta relajante contar con una segunda opinión.

El día de la sesión de fotos estaba algo nervioso al principio, como si tuviera la mente en otra parte, y yo le pregunté, como siempre hago, cosas generales a propósito de su vida. Para mí, antes de empezar a retratar a una persona, resulta muy importante tratar de comprenderla, intentar saber cómo es.

Me explicó que es griego, de Atenas, y que solo estaba en Viena durante el verano. Que lo hacía todos los años. Estudiar en verano. Comercio internacional. Business. Esas cosas que hicieron a Onassis y Niarchos leyendas del comercio por mar (y un si es no es de la piratería, por qué no). Que hablaba alemán, pero que prefería hablar en inglés porque lo dominaba más y se encontraba más seguro. Ningún problema.

Cuando entramos al estudio, le mostré el espacio, le indiqué el lugar en donde podía dejar sus cosas y cambiarse de ropa durante la sesión.

Durante todo este proceso de explicación, sonó el teléfono varias veces. Resultaba curioso comprobar como él era otra persona en inglés que en griego. Todos, cuando hablamos nuestro idioma materno nos tomamos determinadas libertades. Ni el padre ni la novia se decidían a subir.

Cuando, tras algo de forcejeo dialéctico, colgó, me dijo :

-Tenemos treinta y cinco minutos.

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Yo le dije que, entonces, debíamos trabajar con eficacia (una sesión normal dura alrededor de una hora), y él se dispuso a dejarse retratar un poco como un deportista que sigue las indicaciones del entrenador o un soldado que busca adaptarse como un guante a las indicaciones del superior.

Al principio no sabía qué hacer (el problema de descubrir que uno, al final de los brazos, tiene unas manos con las que tiene que hacer algo) pero después de un par de disparos, se olvidó de que había una cámara y empezó a divertirse. Empezamos a divertirnos los dos, porque siempre es un placer fotografiar a una persona que se lo está pasando bien.

Para animarle, yo le mostraba de vez en cuando las fotos que hacíamos, lo cual aumentaba nuestra diversión, porque le daba confianza. De vez en cuando, yo traía algún chisme, de los que tengo para estos casos (una pequeöa pero muy rentable colección de atrezzo). Hacíamos un par de fotos. Se las mostraba. Si le gustaba, seguíamos. Si no, me decía : « no, I don´t like it ». Pronto me di cuenta de que poseía un extrano instinto y que, de alguna manera, yo le estaba mostrando una parte de él mismo que no conocía y que le gustaba.

-Tú crees que cuando vuelva a Grecia podré hacer esto también ? –y como si le pareciera una presunción, algo inadecuado haberse sentido así de guapo- como hobby, ya sabes.

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Yo le aconsejé que buscara fotógrafos principiantes. Cuando uno está empezando, siempre se alegra de tener un modelo gratis. Es una situación ventajosa para las dos partes, porque el que tiene oficio sabe sacar buenas fotos hasta de la persona más sosa, y un modelo con instinto, como él, puede hacer que uno fotógrafo disfrute y aprenda.

-Aunque no va a ser fácil –le dije- la mayoría de los fotógrafos solo quieren hacer mujeres.

Evaluó sus posibilidades, probablemente como Onassis cuando decidió comprar sus primeros barcos de la marina americana, prácticamente chatarra inservible. Inmediatamente vi que se había decidido.

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Cuando nos despedimos, me dio la mano calurosamente, muy agradecido. No había rastro ni de su padre ni de su novia.

Modelo: Enil

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Capítulo 6: Dani rompe el silencio

De vez en cuando, cuando a mí me apetece experimentar algo nuevo, quedo con Dani para hacerle fotos.

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Desde aquella primera sesión, a la que se presentó cargado con dos bolsas de deporte, he sido el depositario de su entusiasmo y, como suele pasar con los amigos, también he sido depositario de algunas confidencis. Entre foto y foto, Dani y yo hemos hablado mucho. Más él que yo, las cosas como son porque Dani es ese tipo de personas que habla contigo siempre como si fuera a ser la última vez.

Sin embargo, siempre es un placer oirle contar anécdotas de su viaje como mochilero por la India y, como comparte conmigo una interminable curiosidad por el ser humano, es también interesantísimo escucharle hablar de las mil y una personas que conoce.

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Siempre al galope entre dos fechas límite, siempre sentadito en la escalera, esperando el porvenir, Dani es una persona que tiene la sabiduría de un viejo y la candidez de un niño. Mira a la cámara lo mismo que mira a las mujeres, con una mezcla desarmante de fuerza y de fragilidad que, supongo son su defensa más firme ante los desastres de la existencia.

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Aquella tarde le esperé como siempre con todo preparado y él se presentó con unos vaqueros negros más bien gastados, calzado con unas botas de trotamundos, una camiseta de algodón y una cazadora vaquera. No recuerdo qué me contó. Quizá de su último trabajo. O del alquiler. O quizá hablásemos (o hablase él, apasionadamente, como siempre) del alma, de los espíritus, de estados de conciencia alejados de la prosa de este mundo.

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Yo le escuché, como siempre, atentamente, pero simultaneando la escucha con este u otro deber técnico. Que si las luces, que si el fondo, esas cosas.

Después, como dos tenistas que están calentando, empezamos a pelotear. Al cabo de un rato de posar, se aburrió e, inquieto, empezó a preguntarse qué podía hacer. Yo, como siempre hago, me quedé en silencio, porque sabía que de ese silencio saldría algo. Y salió. Ya lo creo que salió.

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Sobre una silla de aquella habitación por lo demás vacía (así conviene que sea un estudio fotográfico) había una botella de aceite Johnson para bebés. Se quitó la camiseta y se untó el cuerpo hasta dejarlo completamente brillante. Después, buscó con los ojos. Apoyada contra una pared había una bicicleta sin la rueda delantera la cual reposaba, inútil, a poca distancia. Dani vio aquello y sonrió, y luego me preguntó si estaba preparado y yo le dije que sí y entonces, durante cinco minutos, no duró más la cosa, me dio una foto buena detrás de otra, en un estado de flujo hipnótico que era como comprobar la aparición en aquella habitación de un ser brillante y extraño, de un pájaro brillante o de un animal extremadamente elegante. Ese tipo de fotos y de felicidad creativa que solo se dan cuando alguien te saca a bailar y tú no tienes más que dejarte llevar.

Modelo: Daniel Turcan

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Capítulo 4 : Una película francesa

Probablemente, el cine francés no es lo que era. Ni siquiera era ya una sombra de lo que fue en los noventa, cuando resultaban refrescantes películas que contaban historias de personas (francesas, eso sí) por contraste con las interminables explosiones y la testosterona que dominaban la producción americana durante la era Reagan-Bush.

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Una persona que despertó intelectualmente en los noventa del siglo pasado, solo puede ver el cine francés como la esencia de lo europeo, como una forma de estar ante el mundo que, una vez asimilada, resulta entrañable y tan reconocible como el aroma característico de una casa en la que fuimos felices.

Probablemente, él no ha visto muchas películas francesas pero, al fotografiarle y, sobre todo, a través de los episodios –un poco de comedia ligera- que hicieron que él terminase delante de mi objetivo, era inevitable pensar en aquellas películas, por ejemplo de André Techiné, que parecían estar hechas para apelar a lo más íntimo, a lo más inteligente del espectador.

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Él le preguntó a un amigo mío si pensaba que yo querría fotografiarle, sin saber que yo ya me había fijado en él a través de su cuenta de Instagram. Paralelamente, yo vi que este conocido y él tenían relación (pensé incluso que, por edad, podrían ser primos o algo así, no sé por qué) así que me interesé también por la posibilidad de un encuentro.

Tengo que reconocer que las razones que me impulsaron para hacerlo fueron también un poco de película francesa.

Me intrigaba.

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A partir de una cierta edad, los jóvenes, las personas muy jóvenes, quiero decir, se convierten para nosotros en seres ajenos, como pertenecientes a otra especie. Probablemente porque se nos olvida la enorme fuerza, casi despiadada que proporciona ese sentimiento, peculiar de la juventud, de sentirse inmortal. De jóvenes, todos somos semidioses de un panteón menor. Deidades que piensan que el tiempo no las alcanzará nunca.

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Llegó al estudio con su novia, la cuale estaba enamorada de él (se veía) como solo se puede estar a los diecisiete años. Parecía observarlo todo con un cierto espíritu travieso pero con cautela, como un gato que entra en una casa desconocida. Tanto ella como él tenían el aire circunspecto que los jóvenes siempre adoptan en presencia de personas de más edad. Como siempre hago, ante cualquier persona que tengo que fotografiar, de cualquier edad, intenté tender puentes, conocer a la persona, encontrar uno o dos rasgos que pudiéramos tener en común, que pudieran suscitar ese mínimo vínculo emocional que es necesario para que el fotógrafo capte la esencia del modelo. Resultó difícil, porque los dioses son, en general, poco locuaces, aunque pertenezcan a esa clase de deidades cuya divinidad tiene fecha de caducidad.

No era frialdad, no era mala educación, no era en absoluto desagradable, era el esfuerzo consciente de mantener una distancia por parte de una persona que piensa de su interlocutor que jamás podrá entenderle en toda su profundidad. Y quizá tuviera razón, después de todo. Cuado abandonamos la juventud, la primera juventud en particular, es imposible no pensar que uno también olvida el idioma y que, todo lo más, tendrá que vivir de traducciones, de ecos cada vez más apagados.

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Una luz dorada, cálida, inundaba el estudio cuando empezamos a hacer fotos y él entonces se transformó en un ser mestizo que no era ni planta, ni animal, ni niño, ni coral, ni viejo, ni playa. Era él de una manera que solo él podía ser, de una manera brillante, única y magnética. A pesar de la cadena de bicicleta colgada del cuello, a pesar de la camiseta llena de agujeros. De una manera muy personal.

Su novia le miraba desde un rincón, fascinada y, mientras disparaba, el fotógrafo no podía dejar de inventarle finales a aquella película francesa.

Modelo: Poldi

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Capítulo 3: Un cadáver atrapado

Antes de disparar la primera foto, el fotógrafo tiene qe recorrer un camino que es muy difícil de traducir a palabras y que tiene un poco del antiguo arte de captar en el aire augurios y presagios invisibles.

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El fotógrafo, es parte del oficio, se encuentra frecuentemente ante el reto de vaciarse para que le llene la esencia de la persona que tiene delante.

Este trabajo, hecho desde una dimensión espiritual, dimensión que contrasta fuertemente con la dimensión material, mecánica, de la cámara, es a veces fácil, a veces muy difícil. A veces, agradable. A veces, no tanto.

No recuerdo las circunstancias en las que nos conocimos, solo que esta no es nuestra primera sesión. Esto viene a significar dos cosas : en primer lugar, que no son necesarias demasiadas explicaciones. En segundo lugar, que la primera sesión fue agradable. Me gusta repetir con gente con la que me lo paso bien.

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Nuestra cita es en una mañana soleada, aunque algo fría y desapacible. Cuando llega él, al volante de su coche, yo ya le estoy esperando. Aparca, me acerco y empieza a descargar cosas del maletero. Una bolsa de deporte grande y un espejo de cuerpo entero, con pie. El coche está muy límpio y emana, como su dueño, un agradable aire de austeridad, de masculinidad sin jactancia. A su lado, uno experimenta una agradable sensación de seguridad. Nada malo puede pasar. Todo está bajo control.

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Nos estrechamos la mano y me ofrezco a ayudarle. Cargo con la bolsa, él lleva el espejo –no quiero arriesgarme a pasar siete años de mala suerte-.

La conversación es educada pero agradablemente impersonal. Para él, posar para mí es un paréntesis en su rutina diaria y está claro que disfruta, como disfruto yo, de este espacio de tiempo que está aislado del resto de los territorios en los que se divide su vida. Territorios de los que yo no sé nada más que aquello que puedo intuir y que utilizo como materia prima para mi trabajo, lo mismo que él no sabe nada de quién soy yo cuando no me encuentro en una situación tan antinautural, si bien se mira, como hacerle fotos a un desconocido en ropa interior.

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Toda la preparación es una ceremonia agradablemente silenciosa. Mientras se cambia, yo estoy en otro cuarto, realizando las oportunas comprobaciones técnicas. Cuando está listo, hace un par de series de flexiones para tonificar los músculos, luego utiliza una goma elástica como fuente de resistencia. Yo calibro la luz. Poco después, empezamos a trabajar.

Pronto me doy cuenta de que hay un elemento que no estaba en la primera sesión. Algo refinado, que no es solo producto de la presencia de un espejo en la habitación. No sé qué ha podido pasar por la mente y por el corazón de esta persona para que, de pronto, sus ojos se hayan vuelto más expresivos, para que se haya abierto un canal de comunicación entre su alma y el mundo. Para que él mande y yo pueda instalarme en el papel confortable de documentar lo que él me muestra.

Es imposible saberlo pero el espacio, el piso vacío y blanco en el que trabajamos, se llena de una calidez y de una paz a la que es imposible no rendirse.

Durante una pausa, sale la cuestión de su trabajo.

Yo sé que es bombero, empleado por la ciudad. En este país solo hay bomberos profesionales en las grandes ciudades.En los municipios más pequeños los bomberos son siempre voluntarios. Hablamos de lo que nuestros trabajos tienen en común, de que tratamos con mucha gente. Siento curiosidad. Le digo que estaría muy bien acompañarle con la cámara o con una libreta, durante una jornada de trabajo. Un poco como los reporteros de las películas antiguas, que escribían con honradez lo que veían y vivían aventuras por delegación.

Quizá con la sospecha de que no lo soportaría, me cuenta que uno de sus trabajos consiste en ayudar a levantar cadáveres. Ancianos que mueren solos, por ejemplo. En su último turno, ha tenido que sacar un difunto de un retrete portátil. El muerto era un albañil, aquejado de obesidad mórbida y había muerto un viernes, probablemente de un infarto, mientras hacía sus necesidades. Nadie le echó de menos, porque todos sus compañeros ya se habían ido a casa.

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Cuando le encontraron, la naturaleza ya había empezado a hacer su trabajo y los fluidos del cuerpo inundaban, nauseabundos, el pequeño espacio. Además, el tipo estaba tan gordo y tan hinchado que hubo que sacarle cortando el retrete con una radial. Lo cuenta como si lo que más le molestara fuera el desorden, la incorrección intolerable, la falta de educación de morirse y dar tanto trabajo a otros.

Luego él me cuenta que vive solo y que tiene un gato, y que le gusta la carpintería. Y uno entiende muchas cosas.

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Modelo: Andimuldi

Foto: Fotobernalvienna (Instagram: Fotobernalvienna)

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Capítulo 2: Decencia y proteinas

Aunque uno haya tratado con mucha gente en su vida, el ser humano no deja nunca de darle sorpresas. Tal como se presentaban al principio las cosas, ya me había hecho a la idea de que sería un sujeto algo difícil o, por lo menos, alguien a quien me costaría poner un poco en la sintonía necesaria para poder trabajar con él.

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Se puso en contacto conmigo a través de Instagram. Me dijo quién le enviaba. Llegamos a un acuerdo. La comunicación fue en todo momento muy lacónica, casi militar. Mire su perfil y vi que era un culturista al que, fotograficamente hablando, nadie había sabido sacarle demasiado partido.

He aquí, Paco, un trabajo para ti.

Vino luego el problema de fijar una hora y un día para la sesión de fotos. Él me advirtió, casi severamente, que solo tenía tiempo los fines de semana, yo le tranquilicé diciendo que querer es poder y que encontraríamos la manera. Así fue, en efecto.

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Le mandé un correo, como siempre hago, con una serie de instrucciones preliminares.En todo momento, él se mostraba algo receloso 8sin razón pero eso él, claro, no lo podía saber) y yo me esforzaba en tranquilizarle.

Llegó el día. Un día de finales de verano, muy caluroso. Al llegar la hora prevista, me llamó para decirme que „perdone usted, pero creo que he tomado el autobús en la dirección equivocada“. Yo le pregunté que dónde estaba. La cosa se resolvió fácilmente.

Apareció al final solo con diez minutos de retraso. A pesar de lo cual se disculpó varias veces y usted por aquí y usted por allá, y yo que por favor de tú, pero a él se le escapaba el usted de todas maneras.

Tras las presentaciones, me explicó con un alemán prácticamente perfecto (mucho mejor que el mío, en cualquier caso) que llevaba cuatro años en Austria y que estaba haciendo una formación profesional en automoción.

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Mientras lo cuenta, observo que lo que yo había tomado por rigidez es en realidad una voluntad constante de ser fiable, de conocer bien las situaciones para dar la mejor respuesta posible a los problemas. Por la actitud, podría ser alemán,del norte.

Me explica que ha llegado un pco tarde porque un amigo le ha pedido que esté en la inauguración de una tienda de productos para culturistas (proteínas y cosas así). Se disculpa (otra vez) porque la sesión de fotos tenga que hacerse con una cierta celeridad. Luego, casi en posición de firmes, aguarda instrucciones.

Le pido que me enseñe la ropa que ha traido. Elegimos lo que mejor le va y, pronto, compruebo que tiene gran instinto para posar, que sabe utilizar los ojos (que son la herramienta fundamental de trabajo de un modelo) y que, salvo cierta falta de fluidez, por lo demás típica de los principiantes, en cuanto se relaja el trabajo es rápido, eficaz y, como a mí me gusta, casi totalmente silencioso.

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Como en el estudio hace tanto calor, se alegra mucho de que pasemos a las fotos a pecho descubierto.

Se nota, además, que se siente más seguro; su cuerpo es, de alguna manera, un reflejo muy fiel de su manera de ser. También es fiable, controlado, proporcionado, trabajado con esmero, sin la exageración de otros culturistas para quienes un bíceps nunca es demasiado grande.

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En una pausa hablamos de Afganistán, de los talibanes y de su dañina presencia y de sus falsas promesas, del mosaico étnico de su región natal.

Me dice que echa de menos su país, que le duele la imposibilidad de volver (por lo menos la imposibilidad actual) y me dice que está agradecido a Austria y a Europa. En su discurso aparece varias veces la palabra libertad, dicha con la reverencia de quien sabe lo que significa carecer de ella. Supongo que este hombre joven y decidido piensa que, con la dosis suficiente de esfuerzo, si se dan las condiciones adecuadas, uno puede hacer lo que se proponga.

Cuando terminamos de hacer las fotos, le acompaño a la parada del autobús. Por el camino, ya liberado de la (injustificada) prevención inicial, me explica que su jefe está muy contento con él (yo también lo estaría si fuera su jefe, porque se le ve un hambre de aprender que no es corriente).

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Cuando nos despedimos, todas las resistencias han caido. Me estrecha la mano con calidez.

Yo pienso que las personas decentes siempre acabamos entendiéndonos.

Próximo capítulo: Un cadáver atrapado

Modelo: Masih_Health

Foto: Fotobernalvienna (Instagram: Fotobernalvienna)

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Capítulo 1: One night with you

Se puso en contacto conmigo por el método que suelen utilizar las personas jóvenes, o sea, mediante un escueto mensaje privado a mi cuenta de Instagram. En inglés (en Instagram soy angloparlante hasta que no se demuestra lo contrario).

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Como siempre, antes de contestar, le eché un vistazo a su perfil. Quizá mis lectores piensen que lo hice para evaluar su fotogenia, que también (aunque la fotogenia, como cualquier fotógrafo sabe, es algo muy relativo) pero la realidad es que lo hice sobre todo para hacerme una idea de qué clase de persona era.

Quizá pueda parecer extraño, pero no sé fotografiar a gente que me caiga mal.

En su perfil, había publicado varios vídeos cantando, y eso siempre es buena señal.

Concertamos una cita. Me preguntó si podía traer su guitarra a la sesión, porque le apetecía tener fotos con su guitarra. Le dije que sí, naturalmente.

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Como siempre, le di la dirección pero sin decirle el piso, para tener que recogerle en el portal. Una última cautela.

Se presentó, muy puntual, a la hora prevista, sonriente, aunque algo tímido. Me dio la mano y, para romper el hielo, me presenté, diciendo que soy español y a qué me dedico, cuánto tiempo llevo en Austria y esas cosas. Le pregunté si hablaba alemán y me dijo que sí, que lo había aprendido en Austria.

Lo hablaba, en efecto, con un acento que hasta entonces yo no había escuchado nunca.

Me contó que era persa, lo cual resulta bastante ambíguo, si bien se mira y que había llegado a Austria, desde algún punto de Afganistán, hace cinco años. Calculé que con la primera oleada de personas que llegaron a europa.

Entonces, probablemente, era menor de edad. Un chavalín.

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Sus maneras son educadas y agradables, me trata de usted hasta que le pido por favor que me tutee. Está nervioso.

Deja la funda de la guitarra, de color negro, apoyada en una pared del estudio.

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Yo enchufo el flash. Le doy unas cuantas indicaciones preliminares, le dejo que examine el espacio en el que vamos a hacer las fotos, le doy un taburete de bar. Se sienta. Empieza a tocar la guitarra y a cantar „One night with you“ de Elvis Presley. Me pregunta si la conozco. La conozco, pero no me sé la letra, así que no le puedo seguir. Mientras le hago fotos o, mejor, entre foto y foto, me explica que su profesor de guitarra es polaco. Le pregunto si ha cantado alguna vez en público. Me responde que no, pero que quiere hacerlo. Me pregunta qué canción me sé de Elvis, le contesto que Are You Lonesome Tonight. La cantamos a dúo sin dejar de hacer fotos.

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Es una sensación muy agradable.

Él está mucho más relajado y en el ambiente se extiende una sensación que facilita el trabajo.

Le explico entonces que yo empecé a cantar porque mi madre me mandaba todas las noches a tirar la basura y tenía que pasar por un pasillo largo y oscuro (más largo y más oscuro, naturalmente, porque para un niño la oscuridad siempre es amenazadora e invencible). Pronto descubrí que, si cantaba, no tenía miedo.

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Él se echa a reir.

Me dice que está solo en Austria, que tiene un hermano en California, que le va a mandar las fotos a su madre para que las vea, para que sepa cómo está.

Para intentar quitarle un poco de hierro al asunto, le digo que los fotógrafos somos como los dentistas, que no paramos de hablar.

Me pregunta que por qué.

-La mayoría de la gente le tiene miedo a las cámaras.

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-Yo no tengo miedo -me dice- he pasado ya por tantas cosas que por qué tendría que tener miedo.

Lo dice sin petulancia. En un tono de voz un poco más bajo de lo normal. Con cierta melancolía.

Yo no sé qué conestar, así que, como siempre, tras un momento de silencio, disparo la siguiente foto.

Próximo capítulo: Decencia y Proteínas.

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Foto: Fotobernalvienna (Instagram: Fotobernalvienna)

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